Se acabó el mal en la tierra
Para Juventino Muñoz
Había una higuera desbordada de profecías
donde los demonios hartos del polen
llegaban a colgar su cansancio,
bajo la piel de una aurora repetida.
Largos brazos tenía la higuera,
caminé extasiada sobre sus ramas
y sus raíces conocían
la blanca sabiduría del agua.
El murciélago, péndulo roto,
fruto prohibido de la luz
estacionó su recuerdo invertido
sin más pretensión que su vuelo.
María, mi vecina, dio fe del demonio
que habitaba en el árbol.
Entonces, el árbol
higuera de mis sueños,
escalera verde de mis huesos
fue quemado vivo.
En carbonos de oscuridad
fueron convertidas sus ramas.
Los demonios volaban confundidos,
insomnes, torpes,
la lumbre arropó sus tímidos sueños.
—Se acabó el mal en la tierra—
Susurró María y dio fe de ello.
Pero hay una ausencia que aún silba,
que balbucea en una lengua de cenizas,
como una fisura repetida
en la boca seca de la tierra.