Narrativa · Otoño 2026

Penélope

Por Edwin Bretón Macés · 20 septiembre, 2026
2025 · Pastel sobre tela · 110 × 100 cm
Ver portafolio →

Cuando él salió esa mañana, yo no sabía qué pasaría, se suponía que solo iba a seguir acarreando las cosas de su casa, es decir, de la casa de ustedes dos, la cual se había vuelto tan triste y solitaria, para la casa de la abuela, para que estuvieran menos solos. Yo lo había acompañado otras veces, pero aquella mañana noté algo distinto en su mirada, algo así como una furia reprimida, como una mirada que busca algo, la misma mirada tuya cuando te sientas viendo la puerta esperando que vuelva.

No me dijo nada o hizo algo aquel día para que pudiera adivinar qué acontecería después; pero te quería, eso me consta, o te sigue queriendo si es que aún continúa por ahí, y tú no debes olvidar eso, aunque quizás sería lo mejor y así dejarías de pasar las horas muertas esperando algo que quizá nunca suceda.

Lo buscamos y preguntamos por él, es decir, todos en la familia, pero nadie nos supo responder, ni había pistas ni nada, solo desapareció, así como había aparecido un día, sin previo aviso. Fuimos a la casa, la puerta estaba cerrada, pero los platos y vasos que faltaban ya estaban metidos en dos cajas, había un álbum de fotografías abierto sobre la cama y la manguera que daba al jardín estaba abierta, aunque es probable que se hubiera quedado abierta desde la vez anterior que fue, así que no podía saberse con certeza si había acudido o no a la casa.

—¿Dónde está mi papá? ¿Cuándo regresa? ¿Por qué no ha vuelto?

Y así comenzaron las preguntas constantes, interminables y sin respuesta; semanas, meses, sin respuesta. Nadie sabía nada, ni siquiera de dónde era, por si acaso alguna extraña fuerza lo había arrastrado de vuelta a su lugar de origen.

Él siempre fue un tanto extraño, podía ser el hombre más sonriente y cariñoso para después quedarse en silencio y ensimismado, como recordando un pasado triste; cuando vivió con nosotros en la casa de la abuela, es decir, cuando recién se había casado con tu madre y se mudaron al cuartito del fondo, lo notábamos.

—Ulises, Ulises, te estoy hablando, ¿gustas un poco?

Y entonces él solo se quedaba mirando y asentía con la cabeza, para tomar el pedazo de comida que se le ofrecía.

Otras veces lo encontramos sentado en una silla, en la oscuridad del cuarto o la cocina, y nos llevamos unos sustos.

—¿Por qué no prendes la luz? ¿Qué haces ahí sentado? —le preguntó una vez tía María.

Él solo se encogió de hombros y no supo responder.

Luego compraron la casa del barrio de San Sebastián y naciste tú, y fueron tan felices, pero esa felicidad no pudo durar; después del duelo, del dolor por la pérdida, se decidió que vinieran a vivir con nosotros, y ahora esa casa se ha quedado vacía.

Finalmente, la respuesta llegó cuando la familia fue de vacaciones a la playa, dos años después de la desaparición.

—Una playa diferente a la que iba con sus padres —dijo la abuela—, para que no le venga la tristeza.

Sentados algunos adultos en la arena, mientras otros cuidaban que los niños no se metieran muy adentro al mar, tú estabas sentada junto a mí, ya cansada de tanto nadar, jugabas con unas conchitas de ermitaños mientras a ratos tomabas sorbos de agua en una botella de plástico; de pronto te quedaste quieta mirando al horizonte, más allá del mar, exactamente la misma mirada que tenía él aquel día, la mirada de una búsqueda insatisfecha.

—Mi papá va a volver —no era una pregunta, sino una afirmación—. Se subió a una lancha como cuando vinimos otras veces, está en el mar, está buscando volver.

Me sorprendieron tus palabras, pero no les tomé demasiada importancia; sin embargo, con el tiempo fuiste añadiendo cada vez más detalles.

—Mi papá fue al mar para que se llevara su tristeza, lo consiguió, pero cuando quiso volver a la orilla una tormenta lo atrapó y alejó su lancha cada vez más; llegó a una isla muy lejana, hasta el otro lado de la Tierra, pero su lancha quedó destruida, ahora está construyendo un barco grande, grande como del tamaño de esa casa, para que pueda resistir las olas, cuando lo termine va a volver por mí y entonces vamos a navegar por el mundo.

Desde entonces comenzaste a contar los días, a tachar fechas en el calendario, haciendo cálculos imaginarios de cuánto tiempo le iba a tomar construir el barco, equiparlo con materiales y comida, conseguir una tripulación, hacer escala en los distintos puertos, etcétera. Y cada cierto tiempo surgían imprevistos en el viaje, daños en el barco, escasez de comida, tormentas que los alejaban de la ruta o enfermedades que diezmaban la tripulación, por lo cual había que hacer ajustes en el calendario, alargar la espera otras semanas, otros meses, otros años.

Quizás, mi niña, con solo saber qué le ocurrió, dejarías de observar las fotografías, de mirar hacia la calle, de tachar fechas en el calendario; quizás dejarías de repetir cuando la vida te da una oportunidad:

—No puedo, gracias, estoy esperando a que regrese.

Compartir

Sobre el autor

Edwin Bretón Macés

(Poughkeepsie, Nueva York, 1993). Licenciado en Derecho y escritor. Es miembro de los talleres literarios Cantera Verde y Vitae et Literatum. Participó en el Encuentro Internacional Hacedores de Palabras (2019) y en la Feria Nacional Universitaria del Libro de la UABJO. Se ha formado en narrativa y poesía en diversos talleres. Ha publicado en el fanzine cultural Castellanízate, del Centro Educativo Intercultural Rosario Castellanos.