Decir un verso en el país de los pájaros
Antes de que se inventaran las piedras
las aves volaban a la altura de los sueños,
bastaba con alargar la mano
para tocar las plumas del cielo.
Ahora, son otras las preocupaciones:
el niño que tensa la resortera
y vigila la curvatura de la piedra.
(También hay algo de ciencia
en su ingenua vocación de arquero).
Ramas de un árbol antiguo
crecen en el umbral del siglo.
En ese árbol, los pájaros
vienen a contarnos sus caprichos:
confabulación en la tarde,
congregación de plumas en la rama
y en el arco tenso del cielo.
Escondidos en el follaje,
deletrean en su lengua materna
un mensaje de exterminio.
Balbucean la nostalgia de un país
caído por las piedras de los niños.
Argumentan en su canto
una agotada piedad
y la injusta precisión de las piedras.
Iridiscente es el plumaje
cuando la luz cumple su cometido.
Los pájaros con su antigua plegaria,
la misma cantaleta de siempre:
exigen la demolición de las rocas
y justicia para ejercer el canto.
Nada saben, nada quieren saber
del niño que al levantar la piedra
agranda la fisura de su pecho:
del barro original
es su corazón de filigrana.

