Monólogo para Helena
Tu mirada es la muerte momentánea
sepultada en tus ásperas pupilas,
rasguñas la luz con el silencio
y lanzas una flecha que hiere las horas;
en la punta de la daga nace la herida
y descubres la tersa piel de tu dolor.
Las venas reinan una catedral apagada.
La sangre repta con su tibia torpeza
de agua domesticada,
donde bajan a beber bestias mitológicas
que acechan sigilosas tu herida.
Un pensamiento negro sepulta la luz,
tu cuerpo se cuaja al centro de las sombras;
llegan viejos pájaros australes
a beber de tu sangre enjuiciada
y, mientras huyen, sus cuerpos revientan
en luz obstinada en su instante
y la sangre salpica todos los nombres
que supieron de ti a esta hora,
menos tu nombre mismo, Helena,
que es clavel petrificado en el lienzo.
Eres fisura, Helena, en la cuna del mundo,
la muerte mece tranquila la hamaca
donde acostumbras colgar tu cansancio;
eres temblor de agua que no se vence,
mitad lluvia, mitad sequía
en la concavidad misma de la vida.
Helena, deja de coser viejas costumbres,
que el sol se encargue de lamer tu sangre,
libera los gorriones que acostumbran
dormir con tus espantos.
Deja a un lado la joroba de sal
de tu vientre dulce y perfecto.
Abre las ventanas del mar, Helena,
para que las bestias se vuelvan peces,
sujétate de la hebra de luz
que ahora nacen en tus ojos
y salta del cuadro del mundo
donde ataste ciega tu desamor,
salta, Helena,
a alumbrar con tu lámpara cautiva
el litoral terrestre de los hombres.

