Joseph Joubert: el genio sin obra
Hay extraordinarios escritores que crearon infinidad de obras (pienso en Balzac, en Dostoievski, en Dickens…). Hay espléndidos escritores, artífices de un solo libro (pienso en Choderlos de Laclos, en Lampedusa…). Hay escritores increíbles, que no compusieron un solo libro. Tal es el caso de Lichtenberg o de Joseph Joubert.
Joseph Joubert, hijo del cirujano y boticario Jean Joubert, nació el 17 de mayo de 1754 en Montignac, Francia. El resto de su cronología, hasta 1824, año de su muerte, se desliza en una sucesión de acontecimientos más o menos intrascendentes: cambios de domicilio para dedicarse a los primeros estudios; interés en el latín, el griego y los hábitos sacerdotales (que tarda más tiempo en ponerse que en abandonar); su obligada conversión al ateísmo en un medio ambiente ilustrado; sus vínculos y posterior abandono de una Revolución que devino en toda clase de excesos y furores; algunos amigos (Chateaubriand es de quien más podría alardear); una buena esposa; unas cuantas amantes.
El apunte biográfico que prefiero es el que regala Victorine de Chastenay, cuando señala que Joubert parecía un alma que por casualidad ha encontrado un cuerpo y que se las arregla con éste como puede. Este espíritu en aparente desamparo pero brillantísimo se entregó durante cincuenta años a la redacción de un diario asombroso. El resultado son algo más de nueve mil páginas, de las que tenemos muestra en algunos volúmenes en castellano. El primero que conocí es de 1996: Pensamientos, seleccionado, traducido y prologado por Luis Eduardo Rivera, y editado por Aldus. El segundo, una edición de Carlos Pujol para Edhasa, de 1995 —reimpresa en el 2002—. La tercera, un pequeño volumen, publicado en 2007 por la editorial española Periférica, bajo el título de Sobre arte y literatura. En esta nueva edición —como también ocurría con la de Aldus— el criterio, tal y como subraya el propio título, fue simple: se eligieron aquellos pensamientos que discurrían sobre arte y literatura; pequeños párrafos superpuestos sin aparente solución de continuidad, pero que presentan, no obstante, una notable unidad de conjunto.
Lo extraordinario de esas nueve mil páginas es que eluden lo que le es propio a todos los diarios: el aspecto íntimo y confesional. Así, más que un “diario”, más que una colección de testimonios cotidianos, lo de Joubert es una serie de cuadernos de apuntes, una bitácora intelectual.
La selección hecha por Luis Eduardo Rivera nos muestra a un Joubert que reflexiona sobre diversas materias: la filosofía, la moral, la educación, la crítica social y la vida en general. Pero cualquiera que le dedique unas páginas al Joubert que aquilata arte y literatura, coincidirá con la opinión del crítico Raymond Dumay: “todos los Joubert son Originales. Pero me parece que nunca es tan apasionante como cuando se ocupa de su único y verdadero oficio, de su única pasión violenta: la literatura”. He leído con asombro esos apuntes sobre literatura:
Busque, dicen ellos. Yo busco mucho la expresión justa, la expresión sencilla, la expresión que conviene más al tema en cuestión, al pensamiento que se tiene, al sentimiento que anima, a lo que precede, a lo que sigue, al sitio que aguarda la palabra.
Si hay alguien que está siempre atormentado por la maldita ambición de meter un libro en una página, una página en una frase, y esta frase en una palabra, ese soy yo.
Joseph Joubert es también un crítico de literatura y filosofía de notable perspicacia e ironía. Sus mejores observaciones tienen como blanco a Voltaire, Rousseau, John Locke, Montesquieu, Malebranche, Racine, Corneille, La Fontaine, Balzac, entre otros.
Se trata de esa clase de defectos que no tienen nombre, y que no han sido clasificados, ni localizados, o que son difíciles de percibir. Voltaire está lleno de éstos.
Malebranche sólo se ocupa de las verdades de su entrañable física; a todo precio quiere hacer que la moral nazca de ésta. Elaboró un método para no equivocarse y se equivoca sin cesar.
Nuestro verdadero Homero, el Homero de los franceses —¿quién lo creyera?—, es La Fontaine.
Joubert escribió: “El bastón del ciego lo instruye, lo sostiene, lo dirige, pero no lo aclara”. La imagen es retomada con mucha fortuna contra John Locke. Joubert critica al empirista inglés por su incapacidad para la metafísica. Y así lo define: “un lógico inventivo, pero mal metafísico y anti-metafísico; ya que no solamente él estaba desprovisto de toda metafísica sino que era incapaz y enemigo de ésta. Buen cuestionador, buen sondeador, pero sin luz; es un ciego que sabe usar bien un bastón”.
No me parece que Joseph Joubert sea un adoctrinador estimable en sus páginas sobre moral. Y no lo es, de manera paradójica, a menos que calle el moralista y hable el extraordinario maestro de la palabra:
Los pueblos salvajes viven bajo el imperio de las necesidades; los pueblos bárbaros, bajo el imperio de las pasiones; los pueblos educados, bajo el imperio de las ideas; los pueblos degenerados, envilecidos, desdichados, bajo el imperio de las necesidades, de las pasiones, de las ideas, de los placeres y de las fantasías de un solo hombre o de un número muy reducido de hombres.
Pocas ideas y muchas aprensiones; muchas emociones y pocos sentimientos o, si se prefiere: pocas ideas fijas y muchas ideas errantes; sentimientos muy vivos y ningún sentimiento constante; incredulidad en los deberes; confianza en las novedades; mentes decididas, opiniones flotantes; la desconfianza en el prójimo; la ignorancia y la presunción:
Tales son los males del siglo.
Los coetáneos de Joubert, conociendo los alcances de ese pensador brillantísimo, lo inducían constantemente a los terrenos de la ficción. Aquello jamás ocurrió. Joubert poseía la lucidez suficiente como para desconfiar de un propósito tan inmediato: “Pero, en realidad, ¿cuál es mi arte? ¿Qué fin se propone? ¿Qué es lo que éste hace nacer y existir? ¿Qué es lo que persigo y lo que quiero al ejercerlo? ¿Es escribir y asegurarme de ser leído? ¡La única ambición de tantos!, ¿es esto lo que yo quiero? Es lo que debo examinar atentamente, largamente, hasta que lo sepa”.
Pero, ¿y si Joubert hubiera sido incapaz para la ficción? Y si así fuera, ¿habría algo malo en no poder escribir un poema, un cuento o una novela? Sin embargo, no hay manera de responder la primera cuestión. Lo que es documentable es que Joubert se sintió seducido por un objetivo más alto: “desde hace algún tiempo, sólo trabajo para expresar cosas inexpresables”. Y la ineludible problemática de plasmar por escrito esas “cosas inexpresables” lo condujeron, tal vez, a renunciar a la creación de ficciones. ¿Cómo objetivar algo que parece pertenecer, en realidad, al mundo platónico de las ideas? Entre otros, un par de aforismos podrían representar la genuina poética del francés y, al mismo tiempo, justificar su incontestable renuncia a la escritura:
Hay que semejar al arte sin semejar a ninguna obra.
Una obra de arte no debe tener el aspecto de una realidad sino de una idea.
Mientras se lee a Joubert, es inevitable pensar de manera constante en el alemán Georg Christoph Lichtenberg. Éste, alguna vez escribió: “Decir mucho en pocas palabras no significa hacer primero un ensayo y luego acortar los párrafos, sino reflexionar sobre el asunto y expresar lo mejor de la reflexión, de tal modo que el lector inteligente distinga que algo se ha suprimido; significa, en realidad, dar a entender, con un mínimo de palabras, que se ha pensado mucho”. Este aforismo conviene bien a ambos escritores, a ambos genios sin obra. Sin embargo, decir que Joubert es el Lichtenberg de Francia revela una imperdonable falta de imaginación de los críticos. Tal vez comparar ayude a ubicar, pero no a entender. El crítico de talento debe ser capaz de decirnos lo que es, y no sólo a lo que se parece. Ésta es la labor que aún queda por hacer…

