Suave dureza

Ensayo

Las tlayudas preparadas con aciento, frijoles, queso o quesillo y col —jitomate y lechuga jamás— son sabrosas, por supuesto. Pero las tlayudas más sabrosas son esas que te sirven de cucharita para almorzar higaditos; o las que comes embarradas solo con aciento y bañadas en salsa de miltomate; o las que embarras con salsa y le espolvoreas queso de Etla. Muy sabrosas son también las tlayudas con las que te haces un taco de quesillo con chapulines, o chapulines con queso, o solo queso, o solo quesillo, o solo chapulines. Y ni qué decir si añadimos a la combinación tasajo —mejor si oreado o de metlapil—, cecina enchilada, chorizo, falda, chile de agua.

También es apetitosa la tlayuda que calientas en la estufa a fuego vivo, a fuego lento, y que, ya dorada, cuchareas con esta el molcajete. Pero la más más sabrosa, sabrosísima, es la tlayuda a la que no le pones nada; la que se come en frío, en seco, en su suave dureza —¡tlayuda!—: flexible y resistente, duradera, eterna si no fuera por el hambre; la que sabe a maíz puro, nuevo: neolítica y moderna.

Bladimir Méndez

Oaxaqueño. Corrector de textos y escribidor de silencios. Comunista sin partido —poeta sin versos.

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