Hoy me he liberado

Narrativa

1

Vosotros, que me juzgáis duramente, os veo menear los labios carnosos, limpios y regordetes. Las manos van y vienen como dibujando los más asquerosos pecados de los que me acusáis. Intento sin conseguir comprender lo que claman mis jueces. Por más que atuso los oídos no puedo escuchar más que mis tripas que gritan y suplican. Mis sentidos me juegan la razón. No veo más que muecas en lo que deberían ser rostros. Oigo pasos detrás de mí. Siento como si bajaran insectos por mis mejillas. Los alguaciles parece que sostienen un buen trozo de pan. Preso del delirio y del hambre suplico que me den un poco y sólo aciertan a darme de golpes en la cabeza ya de por sí maltrecha y presa del frenesí.

A empellones me conducen al calabozo.

¿Mi delito?

No soy apóstata. No soy asesino. No soy blasfemo: creo en Dios, le temo y rezo cada ocasión que puedo. No soy judío ni mucho menos infiel. Soy un ladrón. He robado una hogaza de pan.

¿Mi condena?

50 azotes, la deshonra y estaré encerrado hasta morir de hambre.  Si no hubiese robado ese pan, ahora estaría engrosando la población de fiambres en medio de las calles rodeadas de miseria y podredumbre.

Con las pocas fuerzas que aún me quedan supliqué al guarda que me clavara su lanza y así acabar con este suplicio. Sólo obtuve risas y burlas.

Ha pasado un día, o eso creo. El guarda me despertó para que le viera dar buena cuenta de un queso con un vaso de vino. Mi mente gritaba, pero mis labios no se movieron. Tuve la sensación de sollozar en seco. Ya no siento las piernas. El aire se hace cada vez más pesado. Me cuesta respirar. Siento un dolor que aumenta a cada bocanada.

No tengo fuerza para apartar a las ratas que merodean mi cuello y del olor a podrido que sale de mi boca. El guarda con la librea más limpia creo que me mira con compasión. No sé si es de día o de noche. No sé cuántos días han pasado. Creí ver que me lanzaba algo de comer. No puedo distinguir qué es. No sé si me he acostumbrado y ya he dejado de sentir hambre. Intento arrastrarme para ver qué es lo que arrojó. Parece una fruta. Con gran esfuerzo la cojo y, como si fuera un reflejo me la llevo a la boca. Casi no puedo masticar. Creo que ya no me quedan dientes. Alcanzo a sentir una lágrima, una sola que recorre mi piel ajada por el tiempo. De pronto todo se ilumina. Donde debiera haber una escudilla rota ahora hay un enorme árbol frutal. Mis manos y pies han recobrado el vigor y siento el viento en todo mi cuerpo. Estoy corriendo con rumbo al árbol. Escucho la dulce voz de mi madre que me suplica no romperme la crisma cuando ve que trepo al árbol. Mis manos vuelven a su blancura infantil y siento una dicha que ya no recordaba. La voz del campo, del viento se funden con la de mi madre que canta mientras siega el trigo. Somos ella, el árbol y yo. Mi estómago se ha hinchado de tanto comer.

         —¡Eh, Ambrosio! Creo que el reo ha muerto.

         —¡Dad fe de ello!

         —Ya sabéis que no me gusta estar cerca de los cadáveres.

         —¡Es una orden!

         —¡Qué asco! ¡Ambrosio, aquí huele a infiernos! Ven, este hombre tiene un trozo de rata en la boca… Maldito loco… parece que la disfruta. Habrá que ver semejante espectáculo.

         —¿Está muerto?

         —Aún no. Mueve los labios como si cantara… ¡maldito loco!

¿Loco? ¡Loco yo? Loco de dicha. Mi madre ha venido por mí y me lleva de la mano a casa.

¡Por fin! ¡Vuelvo a casa!

¡Hoy me he liberado!

2

Nunca he creído en el más allá. No he sido hombre de fe arraigada, aunque cristiano crecí. Me enseñaron a temerle a Dios, a su ira respetar y a su misericordia aspirar. Como en cada rezo en que el cielo, a través de la muerte se accedía a la vida eterna, yo creía fervientemente que la única vida que vale es esta. Que hay que celebrarla y gozarla. Así viví mi etapa rebelde. Me asumía como ateo, completamente libre de dogma y de reglas espirituales. Vivía feliz así. No le rendía cuentas ni al sacerdote ni a un espíritu; a la imagen ni a vírgenes. Mi única relación con el cielo era la gloria patriótica encarnada en el águila real, que es el símbolo de mi nación. Símbolo que, orgulloso lucía en mi uniforme impecable, símbolo de mi pericia en los aires, de mi entrenamiento y disciplina. Era yo el Capitán de mi propio aeroplano. Solo éramos dos. Él y yo. No había quien nos derribara. No había en el cielo ni en el suelo poder que segara mi gloria. En el combate, mi nombre merecía terror, mi destreza y valor no conocía parangón. El ave motorizada surcaba, febril, el espacio enemigo y bajo mis balas se sembraba la desolación. Tesón y pundonor rezaba mi divisa en el costado izquierdo, justo detrás de las hélices. 

Como todo piloto que se precie de ser respetado, llevaba mi récord en el tablero de enemigos vencidos en la contienda. Doce al hilo. Hace más de dos días no cae ni uno más, como si el numero fatídico se negara adornar mis cuentas victoriosas.

Hoy es un buen día para volar. Como se dice, tengo el viento a favor. La comunicación entre el aparato y yo es tal que casi vuela solo. Surcamos los cielos sin mayor contemplación. En las órdenes que se nos daban por escrito, mi objetivo era preciso. Era tan fácil que podía ir a ojos cerrados y dar en el blanco, aunque estaba visiblemente molesto con los altos mandos por esta misión que cualquier novato hubiera podido realizar, y sin embargo era yo, el de mayor gloria el que iba con rumbo noroeste. Para aplacar la ira empecé a canturrear una canción.

                       Heavenly shades at nights are falling, it’s twilight time, out of mist your voice is calling , it’s twilight time, when purple coloured courtain smart…

¡AAAAAAHHHHHHHHH!

Caigo en picado… El timón se ha atorado, no puedo tirar de él. Como si fuera una pesadilla el cuerpo se me ha entumecido. Intento mover el timón de cola, pero el pedal está al fondo. Hay humo. Hay fuego… hay…

En contraste puedo ver al fondo el paisaje más hermoso que haya podido contemplar jamás. Los controles no se mueven, el indicador de altitud es el único que gira frenéticamente al revés. Siento un dolor intenso en la espalda. Creo que me la he roto, apenas alcanzó a girar el cuello para ver qué cosa me ha pegado por detrás. No se ve nada. No hay nada. Sólo las nubes como atestiguando la caída del mítico dragón metálico. El color rojo de mi aparato se tiñe poco a poco de gris, mientras la boca escupe fuego. Como dije al principio. Este es un buen día para volar. Mi vuelo rumbo a tierra me escupe en la cara toda la fe en la que jamás me aferré. Mi única creencia estaba en mí y en mi avión. Nada más. Como en un ensueño veo que pasan frente a mí las máquinas que ya no existen, la que por mi valentía cayeron una a una a tierra en lid estridente, pero ahora tienen rostro. Cada uno de los doce aviones que vencí tiene rostro. Me contemplan compasivos mientras caen las dos toneladas de acero conmigo dentro. He dejado de escuchar. Todos esos rostros cruzan ese cielo imposible y parece que me dan la bienvenida al mundo etéreo. Quizá es una alucinación porque aún no llego. La angustia de la inminencia de la muerte no me permite acomodar las ideas. Sólo un canto aprendido en la infancia me taladra la cabeza.

Ave María, gratia plena, ave dominus tecum. Benedicta tú in mulieribus, et benedictus fructus ventris tuin Iesu. Ave María mater dei, ora pro nobis pecaroribus. nunc et in hora mortis nostrae.

Hoy me he liberado. Esa flor en el llano me dio por fin la paz.

3

Aquí en el pueblo dicen que cuando hace viento la gente se transforma. Trastoca este o aquel sentido. A mí me gustaba el viento, que me alborotara el cabello y me lanzara hacia el mar. En la cabaña de mi abuela silbaba cuando chocaba con la palma y con los árboles del patio. Ese y el de las olas rompiendo en la playa eran los sonidos que más he disfrutado. A veces hago como que no los escucho, pero sólo así puedo volver el tiempo atrás. Cuando el viento de San Pedro hacía que la gente se santiguara y no saliera de su casa. Mi abuela rezaba algo que no quise recordar, sino cuando quiero acordarme de su voz. La tenía rasposa, como aguantándose el dolor. Este viento me recuerda su voz.

—¡Martín, ya métete. ¡El mar está picado!

—¡Así me gusta, abuela! Parece como si me hablara… ¿Escuchas?

—¡Te va a hacer daño, cabrón!

Y después, entraba amenazando con agarrar la tabla para darme unos buenos garrotazos en las nalgas. Siempre daba resultado, hasta que un día, en pleno desafío a su autoridad, me quedé esperándola dispuesto a recibir el castigo. No pudo darme más que dos. Ante mi sorpresa, fue ella quien lloraba después de arrepentimiento. Allí comprendí que había envejecido. Mi mamá Matilde me abrazó con la fuerza de sus muertos y me dijo que nunca me abandonaría. Cumplió. Fui yo quien partió viéndola quebrarse de dolor al ver que me alejaba en el viejo autobús de la comunidad. Mis 16 años me daban licencia para buscar el futuro. Harto como estaba del pueblo, de la miseria y de las historias que mamá Matilde repetía más veces de las que yo escuchaba un día le dije que jamás volvería.

Llegué henchido de gozo a la ciudad. Quise evocar las figuras legendarias de los pueblos que rodean al mío sobre los chicos de mi edad que iban a triunfar a la urbe para después dejar un sitio en los relatos que hacían los viejos paisanos. Yo quise que mi nombre fuera uno de los que repitieran en San Pedro y que fuera con orgullo. Me entregué fervientemente a todo lo que pudiera hacerme ganar dinero, fama, nombre. No supe cómo acabé perdiendo la decencia. La voz de mamá Matilde resonaba en cada resaca.

No puedo recordar más. Dicen que cuando uno está a punto de entregar cuentas al Creador, pasa la vida por delante. Lo único que recuerdo es cuando me dijo el primo Manuel que mamá Matilde había muerto sola y con mi nombre en sus labios.

Aquí en esta cama, lejos de esos atardeceres enervantes de mi pueblo, espero que ella me reciba. Si Dios existe, debe darle permiso para recibirme en el eterno descanso. Quiero ver ese túnel de luz que dicen que existe… Muerte, no me lleves sin verla.

Esto no es como dicen. La muerte entra por los pies. Siento un hormigueo que sube poco a poco. Siento como si una losa aprisionara mis piernas. La dureza de la muerte congela mi pecho. Escucho un zumbido y mis manos están engarrotadas. ¿Será que empieza mi condena eterna? Todos alrededor dicen que ya me fui. Sigo escuchando. Veo sombras, pero escucho cada vez mejor. Oigo los murmullos y las plañideras. Oigo los pensamientos de todos en esta habitación. Me duele el rostro como si me encajaran mil alfileres y las voces se hacen cada vez más fuertes.

¡Cállense!

¡Dejen de pensar! ¡No hablen! ¡Váyanse! ¡Déjenme descansar!

¿Por qué gritan? ¿Por qué hay tanto ruido? Es como si todo el mundo hubiera decidido venir a gritarme.

Al fin silencio… Todo está oscuro.

La quietud de la muerte me ha invadido.

Hoy me he liberado, mamá Matilde me lleva a casa.

Joaquín Maldonado Bolaños

Es egresado de la licenciatura en Gestión Cultural y Desarrollo Sustentable por la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Cuenta con una amplia trayectoria en el ámbito cultural y se desenvuelve en las artes escénicas mediante proyectos académicos centrados en el teatro histórico, social y cultural. Es miembro del Colectivo Palabrarte.

Ha sido delegado por el estado de Oaxaca en el Encuentro Nacional de la Voz y la Palabra, convocado por la Secretaría de Cultura federal y el Centro de Estudios para el Uso de la Voz (Ceuvoz), en las ediciones de 2015, 2017 y 2018, celebradas en la Ciudad de México.

Ha escrito y dirigido tres espectáculos multidisciplinarios, dos de los cuales obtuvieron reconocimiento del Conaculta.

Es coautor de Tres escenarios para observar un panal (2016), junto con Jorge Orozco y Josafath Hernández, y ha publicado diversos artículos en medios de circulación estatal y nacional.

En 2018 publicó La voz de la ciudad, obra centrada en las historias de vida del Coro de la Ciudad de Oaxaca. En 2019 dio a conocer Crónicas juglarescas y actualmente prepara Crónicas juglarescas II.

Es columnista en el sitio El Oriente

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