Esa noche comprendí
Una noche llegué a casa herido, derrotado. Todo lo que quería era llorar y que alguien me abrazara. No obstante entré en silencio, me acosté en el piso y empecé a sollozar. Mamá me escuchó quién sabe cómo, salió de prisa de su cuarto y me alcanzó en la sala. “¿Qué te pasó, quién te hizo daño?”, exigió. No dije nada. Entonces se sentó a mi lado, en el suelo, recostó mi cabeza en su regazo, me abrazó muy fuerte y me besó. Y yo, que no creo en dios, me sentí arropado por el Universo y continué llorando por mucho rato, hasta cansarme, hasta quedarme seco, sin lágrimas. Exhausto ya, esa noche comprendí que al día siguiente la vida continuaba.

