El elefante
Alrededor de una mesa, Ene, Jota, Ce y Ve. En el centro un cenicero del tamaño de un plato y un bong del tamaño de un saxofón. Jota ha puesto música. Ce juega con una pluma: clic, clac. Ve se pone de pie y se dirige al refrigerador.
—¿Alguien más chela?
—Yo.
—Yo.
—Yo no, estoy tomando cubas.
—Qué pedo, Ene, ármate las otras.
Ene toma un espejo que está en la mesa y dibuja cuatro líneas, un montoncito queda a la izquierda. Inhala, rola el espejo a la derecha.
—No mamen, ¿qué creen? Hoy casi se muere un vato en frente de mí, le dio un ataque de epilepsia o un paro, quien sabe.
Ce detiene su historia para tomar el espejo que llegó a sus manos. Inclina la cabeza, resuella el elefante. Pasa el espejo a la derecha.
—Iba en el camión —se aclara la nariz—, estaba hasta la madre, de pronto un vato empieza a retorcerse, las doñas luego se pusieron a gritar.
—¿Pero qué pedo, qué tenía?
—No sé, wey, el vato se azotaba en el asiento y los ojos blancos. El chofer dice: “En la madre, si se me muere aquí se arma el superpedo”.
—¿Y qué hiciste?
—Nada, qué voy a hacer, no soy doctor.
—No mames, pinche vato.
—Pues qué verga, aparte estaba del otro lado, ni hubiera podido llegar, estábamos todos apretados; bueno, el chofer aceleró hasta la farmacia que estaba como a tres cuadras, su chalán se bajó en chinga, entró y salió en chinga otra vez gritando que no había doctor.
—Jajaja ¿Y luego?
—Unos chavos se querían bajar, pero les daba pena tocar el timbre; empezaron a gritar: “Se venía moneando”.
—Jajajaja. Ármate las otras.
—Wey, a todos nos dio un chingo de risa pero nos aguantamos, aparte el vato era un don, con camisa y chalequito; ya poco a poco fue recobrando el conocimiento. Una doña se sentó junto a él y le pidió su teléfono —Resuella el elefante—. Le preguntó si tenía seguro y llamó a su esposa.
—Y luego, ¿qué pedo?
—Me bajé, ya no supe.
Ce, durante toda la historia, continuó jugando con la pluma nerviosamente. Ve, petrificado en su lugar, miraba hacia un rincón, como quien observa una estepa desértica.

